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Blanco y el abismo

Es evidente que casi todos los días uno camina junto a un abismo, pero es evidente también que a la mayoría el abismo le importa un culo. Si a Blanco le hubiera importado entonces seguramente se habría metido una bala en la sien, se habría llevado la soga al cuello o habría tomado veneno para ratas en la dosis correcta.

No se trata en este caso de si él era o no consciente del abismo porque con varias separaciones encima, un hijo asesinado, una hermana loca, un trabajo rutinario en el hueco, el cuarto de alquiler y las goteras, podría haber ocupado una cátedra universitaria hablando sobre el devenir trágico. Blanco creía con firmeza que la vida no tenía sentido y las cosas más absurdas de todos los días se encargaban de ratificárselo. Ese maldito esfuerzo de querer hacer todo bien para alumbrar un poquito más entre millones de personas y estrellas.

Tal vez fue porque su papá le había enseñado a no pensar en güevonadas que Blanco siguió de largo cuando se encontró la primera vez con el abismo, y así todas las veces que le siguieron a esa, o tal vez a Blanco le faltaba algo por dentro, algunos miligramos de materia gris en el cerebro, lo cierto del caso es que lo traía sin cuidado cada hecho desafortunado o adverso que le sucedía.

Cuando falleció su hijo, por ejemplo, solo dijo: “Igual se iba a morir”. Cuando se fue su primera mujer: “Hay otras”. Cuando se fue la segunda mujer: “Está bien quedarme solo un tiempo”. Cuando internaron a su hermana en el sanatorio: “La cama se veía cómoda”. Y así tantas otras expresiones que sin él proponérselo lo alejaban de los amigos y familiares, dotados con una sensibilidad normal que él no tenía y tampoco podía fingir.

El mundo de Blanco era submarino, el dolor y la felicidad subían como burbujas hasta la superficie del mar. La luz que da vida a todo apenas atraviesa las aguas turbias que lo envuelven. Sin duda es una profundidad helada, pero puede extender los brazos y las piernas para flotar, dejarse llevar por la corriente de los días.

Blanco era de pocas palabras y no duró mucho tiempo haciendo el papel de vendedor. Lo suyo era el silencio, levantar y acomodar cajas. La bodega de ese almacén del centro era el lugar que necesitaba para estar bien y pensar. ¿Pensar en qué? En nada. A veces encendía un cigarrillo y dejaba que sus ideas se fueran una detrás de la otra en los sentidos más inesperados: humo, barba, abuelo, caballo, vacas, perros, finca, escapulario, rosario, novena, regalos, juguetes, carrito, avión, astronauta, luna, noche, Elena, primer beso.

Es una lástima que la semana pasada Blanco haya hecho maletas para irse a vivir a otra parte. Cuando lo vuelva a ver será una gran coincidencia. Seguro se me aparece de la nada, saliendo de un callejón sin salida acaso como una sombra.

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Una pareja normal

personajes

Vamos a llamar a este personaje Tomas. Tomas se toma un café en la cocina y parece esperar a que otro personaje, llamémosla Sara, se levante de la cama. Sin entrar en detalles puntuales Tomas y Sara son una pareja normal.
Tomas se sirve el café en un pocillo pequeño. No sabemos qué está pensando mientras acerca el bordo del pocillo a su boca para soplar un poco; por alguna razón nos está negada la posibilidad de leer sus pensamientos. Sucede lo mismo con Sara, que sigue dormida entre sueños que no conseguimos describir. Si ellos dos no hablan se impone el silencio también en las palabras.
De dónde vienen es algo que podemos deducir fácilmente de los porta retratos que descansan sobre la mesa de centro que está en la sala, pero la verdad es que eso es irrelevante para esta historia; el pasado o el futuro de Tomas y de Sara no representan absolutamente nada; si se quiere, ellos solo importan como están en este momento: él tomando café y ella dormida. En ese instante son tan auténticos y especiales como las estrellas inmóviles de las noches más oscuras.
Él es hombre; ella es mujer.
Él mira a la ventana; ella duerme.
Él toma café; ella suspira.
Él sonríe; ella se da vuelta.
Él se toca la cabeza con la mano derecha; ella se rasca la nariz con la mano izquierda.
Si escribir es atar hilos a unos personajes y sacudirlos como títeres en diferentes escenarios en este caso sería posible afirmar que el titiritero está muerto detrás del teatrino, porque Tomas y Sara se quedan clavados a esa única realidad, se hunden circularmente como palabras que se muerden la cola.
Si quieren enriquecer estas imágenes sencillas pueden poner junto a la cama de Sara un perro o subir a la mesa de Tomas una gallina, vestir o desnudar a los personajes, imaginar que él es calvo y que ella no tiene orejas, que a alguno de los dos le falta un diente, lo único invariable es su lugar en ese pequeño apartamento, y ninguno se moverá de ahí no importa cuántas veces llamemos a la puerta o marquemos al teléfono.
¿Qué es un personaje? ¿Qué debe hacer? ¿Cómo se construye? Son preguntas que podemos plantear delante de la monótona existencia de Tomas y Sara. En estas circunstancias me parece bien decir que son como esculturas pero me inclino por pensar que son algo distinto, tal vez como huevos, formas frágiles que contienen letras viscosas.
Sin entrar en detalles puntuales Tomas y Sara son una pareja normal.


Imagen inicial: serie personajes por Hernan Marin.
https://www.behance.net/gallery/1011453/Personajes

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En el centro del universo no hay nada

Una mosca voló en espiral hasta la sopa. La comida se había enfriado delante de sus ojos sin que hubiera probado un solo bocado. Elena lo llamó más temprano para saber cómo iba. Bien, contestó; Nerón también está bien; sí, ya no me duele orinar. Las preguntas de su hija lo reducían a enfermedades, exámenes médicos y pastillas, y lo mejor de aquellas llamadas era justamente colgar.
Nerón lo miraba desde el suelo con la cabeza entre las patas y las orejas tumbadas hacia tras. Los dos se habían adentrado en años y sin recurrir a juegos mantenían su cariño en pie y se hacían compañía. Rosario había adoptado al perro en un albergue y le dijo que era un regalo para que no se sintiera demasiado solo cuando ella muriera.
Cogió la carne que había en el plato y llamó a Nerón.
Nerón se levantó sin afán y caminó despacio hasta él.
–Si pudieras hablar– le dijo. Acarició con una mano la cabeza del perro y con la otra le dio el trozo de carne. El perro movió un poco la cola y se tragó todo sin masticar.
–Me tengo que ir, prometo comprarte algo de regreso.
El lugar a donde iba quedaba en el centro de la ciudad. Un teatro emblemático con capacidad para doscientas personas que servía como escenario para compañías de teatro y danza europeas. Esa noche, sin embargo, un enorme letrero de bombillos amarillos anunciaba una ocasión diferente: “Homenaje a Ezequiel Prado”.
Parqueó no muy lejos de la entrada principal y desde ese lugar divisó las personas reunidas. Él era Ezequiel Prado y ellos lo esperaban. Su amigo Eduardo había confabulado con otros para organizar una ceremonia con la que él estaba en desacuerdo.
–No me hice fotógrafo para que me montaran un homenaje.
–¿Y qué importa? Te lo vamos a hacer igual. Lo tuyo vale mucho y la gente lo sabe.
–Pero si no estoy de acuerdo deberías respetar eso.
–No, no lo voy a respetar. Son puros achaques de viejo. Disculpa que te lo diga, sabes que te quiero, pero después de la muerte de Rosario…
–Ella no tiene nada que ver –interrumpió Ezequiel– me emputan estos eventos en general.
Recordó aquella escena con una mezcla de sentimientos encontrados. Fue un fin de semana en su casa algunos meses atrás. Tenía claro que su amigo lo hacía con las mejores intenciones: ponerlo en relación con el mundo, sacarlo del encierro y rodearlo con el aprecio de la gente que lo quería, ¿pero qué significaba eso para él? Nada.
Rosario le había dicho una tarde fría desde la cama donde poco a poco fue desapareciendo: “Yo te amo, pero allá afuera hay otros que también te aman”. Él sujetaba su débil mano y sin responder a esas palabras esperó a que ella se durmiera para entrar en el baño y llorar.
¿Ahora qué?, se preguntó, y en un acto reflejo sacó la cámara que siempre guardaba en la guantera, apuntó hacía el teatro, enfocó bien y disparó. No estaba seguro de qué se proponía con aquella foto, encendió el carro y se fue.

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Montaña, maíz, gallina

Estimado Daniel:

La semana pasada a eso de las diez de la mañana un compañero del trabajo me llamó la atención entre risas sobre una gallina que se había comido una obra de arte del MAMM. Inicialmente no se me ocurrió que pudieras estar involucrado con todo esto, pero fue inevitable que sospechara de vos después de ver el video donde un sujeto con el cabello más o menos largo y una barba de dos o tres semanas soltaba una gallina delante de la famosa y aburrida obra de Carlos Uribe, Paisajes producidos. Luego fue que vi tu nombre escrito en un fragmento de noticia y salí de dudas.

No era sino que se te ocurriera hacer eso para que yo me encontrara unos días después en un libro de Paul Auster, A salto de mato, la significativa advertencia que Marcel Duchamp ponía en el catálogo para la exposición surrealista de 1947: “Prière de toucher(Se ruega tocar); catálogo que tenía, dicho sea de paso, una enorme teta de goma en la portada. La vida, a su manera, confabulaba a tu favor.

Para cualquiera que no conozca lo que haces es fácil aventar críticas destructivas acusando tu intervención de facilista, vaga y hasta hueca, pero yo en cambio te imagino cagado del susto armando la cajita de madera donde ibas a meter la gallina pensando que se iba a ahogar, preocupado por el portero del museo y porque Uribe no se fuera a tomar la acción como algo personal, y solo por eso ya me parece que reuniste un montón de valor para hacer lo que hiciste.

Si esto no es suficiente para algunos, la invitación queda abierta para que revisen tus otros trabajos. Ideas que para mí comienzan años atrás con propuestas alrededor de la pornografía, luego sobre el papel del artista, y finalmente, la pregunta por el arte y los criterios establecidos desde el sistema, léase museos y curadores, para definirlo. Siempre, eso hay que reconocerlo, tratando de derribar ídolos y cánones relacionados con ese mundo a veces tan estrecho de mirada, incestuoso y arrogante.

Si te parece que soy demasiado condescendiente con vos, entonces déjame decir también que me da susto que te pierdas en lo que andas buscando. Como escupir hacia arriba y que la saliva te caiga encima. Si eso sucede será porque tu nombre ha ganado peso en esos circuitos tan difíciles que configura el arte, y en ese momento tendrás que estar preparado también para que alguien más cumpliendo el sagrado papel de abrir interrogantes suelte una gallina en tu exposición.

Con mucho aprecio,

Juan

Priere de toucher

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ideas

Un ensayo corto e inconexo sobre domesticación de ideas pirotécnicas, lunáticas y estúpidas

Dejemos establecido para empezar que ninguna idea se materializa a correa (ojalá).
–Vamos, vamos–gritaba. El sonido de su voz se mezclaba con una baba en llovizna que salía atomizada de su boca y mojaba el cuerpo de la joven idea que lloriqueaba en sus piernas –Deja de llorar malditasea, deja de llorar–. De nuevo, su mano se levantaba en el aire para caer a toda velocidad y con fuerza sobre las nalgas coloradas de la idea. –Tienes que madurar–. Zaz, zaz, zaz.

Aunque la creencia popular parece validar actualmente que la mayoría de las ideas son del tipo .com, .co, .net, o .io -para sonar más fancy– en realidad todo esto se trata de un prejuicio difundido por una secta secreta de programadores y diseñadores desempleados que a punta de páginas web quieren dominar el mundo. Toda la jerga geek no es otra cosa que ropita dominguera para sacar a la calle un proyecto.

Stairway to halfway to heaven

La idea más genial que hayas tenido se parece mucho a una idea estúpida; y la idea más estúpida que hayas tenido tal vez sea una idea genial.
– ¿Y qué tal si vendemos pixeles en una página?*
Gracias a las ideas estúpidas que han tenido éxito es posible el beneficio de la duda frente a cualquier cosa, y de paso es posible afirmar que no hace falta ser un filósofo peripatético o platónico para echar a rodar algo que eventualmente, por la confluencia de un sin número de casualidades, se convierte en el detonante de una revolución global.

Las ideas explotan y movilizan. Tarde o temprano se desvanecen, pero al comienzo es extremo, adictivo y emocionante. Es al revés del mito de Sísifo. Él sube una roca muy pesada por una colina y luego la lanza al vacío. La felicidad es verse liberado de ese peso aunque tenga que regresar por ella y comenzar de nuevo. Ahora, en cambio, lo mejor es subir; empujar un proyecto hasta dejar la última gota de sudor en ello; porque esa roca es propia; porque esa roca es una idea en la que cada uno cree; porque esa roca es un pedazo de la vida que uno decide hacer. Si fracasas… bueno, lo más probable es que la roca continúe en tu cuerpo como un cálculo renal para siempre.

No sé trata necesariamente de hacerse rico de la noche a la mañana. Puro cuento. Es más la sensación de conectar y unir a través de algo. Deja de pensar, por favor, en los startup kids y las empresas multimillonarias de fin de semana.

Son aburridos los que se reservan las ideas y las ponen en cadena perpetua o libertad condicional. A la mayoría los imagino hundidos en la noche regodeándose en su “descubrimiento” o llenos de vanidad frente al espejo del baño cada mañana; temen que alguien les robe su idea, lo que solo quiere decir que tienen temor a tener una sola buena idea en la vida.

Garbage bag by Louise Vuitton

Las mejores ideas revelan necesidades inexistentes, las demás, se usan para tapar huecos. Y en el cluster de ideas que tapan huecos hay un sin número de personas felices, que aceptan la trascendencia de su proyecto y se enamoran de él tal cual es, sin abrazar otras pretensiones megalómanas ampliamente catalogadas en los libros de psiquiatría y entre las que sobresalen el markzuckerbergismo y stevejobsismo.

Ahora, una última idea para terminar y dejarlos en paz…

* En 2005 Alex Tew comenzó un proyecto así y logró ganar 1.037.100 millones de dólares parcelando su página en pequeños lotecitos de 10×10 pixeles.

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1q84

Murakami parece un escritor sentado en la orilla del fin del mundo. Allá donde los mares y los ríos se convierten en una lluvia fina que moja la oscuridad del espacio. Imagino sus personajes como unos lagartos solitarios que se resbalan entre ensenadas mentales, pasillos de hotel y pozos vacíos. Su escritura hace de la simplicidad el detonante de cada explosión que destruye la vida para convertirla en otra cosa. Aquí debes tener cuidado, lo habitual está bajo amenaza, no hay que tomar el taxi equivocado.

1984 y 1Q84 son dos mundos conectados por una escalera. No hace falta ninguno de esos vórtices que se chupan a la gente o maquinas teletransportadoras. De un lado, las mujeres se embarazan tras la firme penetración de un pene por el túnel húmedo que llega hasta el útero. Del otro lado, una mujer, Aomame, queda embarazada a distancia por la aparición inexplicable de un canal que conecta su vagina con el miembro erecto de Tengo, el amor de su vida, que digamos de paso, no ve hace veinte años.

Parece insólito, pero los personajes de Murakami deciden sobrepasar rápidamente el asombro para continuar con sus vidas, dejan de lado todos los interrogantes y el sin sentido para instalarse de corazón en un absurdo que no pueden comprender y que a la larga, no les interesa comprender.

¿Qué mantiene firmes a los personas en ese mundo que asfixia con los detalles que cambian, regido por una ley difusa, por una predeterminación injustificada e inexpugnable, por los caprichos de unos duendes risueños que salen en las noches?

El amor: sentimiento misterioso, que salva y sostiene, que nos ayuda a seguir, a pesar de todo.

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corpocircuito

Somos un cuerpo. Todos los cuerpos salen a comer, se besan, se miran entre sí, se tocan, bailan y huelen; a veces olvidamos, sin embargo, que los cuerpos también suenan. Ese sonido lo podemos explorar de muchas maneras y la voz es quizá el primer camino: hablar, gritar, abrir la boca para que alguien, o nadie, nos escuche. Luego, creemos, llega el silencio, cuando te cayas o te cayan, pero eso está lejos de ser verdad. Entre el engañoso silencio de la voz se abre paso un cuchicheo orgánico: el corazón golpea, la sangre se inyecta en las venas, los pulmones se inflan, las articulaciones chillan, los tendones se tensan.

Si continuamos escavando, por otra parte, no escavamos en el silencio, nos acercamos a las corrientes y conexiones eléctricas más básicas. En esa instancia es posible decir que cada persona tiene una huella eléctrica propia y por consiguiente puede generar un sonido propio, porque como lo afirma Cristiano Rosa, artista brasilero e invitado especial del MedeLab:

“todos los cuerpos son súper variables, cada persona tiene su capacitancia, su resistencia, más sal, menos sal, grasa y demás, de lo que resultan diferentes sonidos”.

Siguiendo este derrotero se realizó a lo largo del 2013 en Medellín y en espacios como Por estos días y Epicentro el Laboratorio de Electrónica Creativa (LAC), una propuesta que organiza el Museo de Arte Moderno y coordina Cristiano Rosa, y que tiene entre sus objetivos principales desmitificar la tecnología conectándola con experiencias personales puestas en relación con el arte. Es desde ahí que surgen ideas como Corpocircuito, un taller que quiere apostarle a través de la metodología del learning by doing, and doing it together (aprender-haciendo y hacerlo todos juntos) a la construcción de aparatos o dispositivos que nos ayuden a sentir o percibir el cuerpo desde otros horizontes.

Poner manos a la obra en éste taller es sujetar un cautín con fuerza para no quemarse, soldar un circuito integrado a una resistencia o a un condensador, hacer un puente con cables entre dos terminales, respirar un poco del humo del estaño, identificar lados positivos y negativos. Para ser honestos uno trabaja un tanto a ciegas, cogiendo entre las manos pequeñas piezas que recuerdan de lejos las obras e instalaciones de Peter Vogel, y al final, cuando nada parece tener sentido, consigues una cajita de cartón con un parlante que al tomarla con las manos se conecta con tu cableado corporal y suena; suena a lo que suena un cuerpo, un chillido raro y agudo que reclama un lugar en el mundo.

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